En lo más profundo del bosque de Black Hollow, donde los árboles se retuercen como huesos rotos y el viento parece susurrar secretos antiguos, se erige un sanatorio olvidado por el tiempo: Sanatorio Daeva. Sus muros están cubiertos de musgo, pero lo que realmente hiela la sangre no es su apariencia, sino su historia. Cuentan que, en 1973, una joven llamada Aradia fue internada allí tras ser hallada en un campo, cubierta de sangre, sonriendo, y portando una varita roja con forma de estrella.
Los médicos no lograron que dijera una sola palabra, pero todas las noches, cuando las luces titilaban y los relojes se detenían por segundos, ella bailaba. Daba vueltas y vueltas por los pasillos oscuros, tarareando una melodía infantil, mientras la sangre comenzaba a manar misteriosamente de las paredes.
Tras semanas de este fenómeno, uno por uno, los pacientes desaparecieron. Los guardias encontraron sus habitaciones vacías y llenas de símbolos pintados con sangre, como una estrella invertida tallada con uñas en los muros. Solo Aradia permanecía, sonriendo en su celda con la mirada fija al vacío.
Finalmente, el lugar fue cerrado. Pero nadie se atrevió a sellarlo por completo. Se dice que si entras al sanatorio durante la luna roja, escucharás una risita ahogada, pasos descalzos detrás de ti, y verás una figura pelirroja aparecer entre las sombras, con una varita ensangrentada en la mano.
No te hablará.
No te perseguirá.
Solo se acercará lentamente, hasta estar a un palmo de tu rostro…
Y sonreirá.
Después de eso, ya no hay escape. La sonrisa de Aradia será la última que veas.
Diarios
Diario del Dr. Elías Mortem – Sanatorio Daeva
Entrada #43 – 17 de octubre de 1973
Hora: 2:46 a.m.
No he dormido. Nadie duerme ya en este lugar. Desde que la paciente 144-A —Aradia— fue ingresada, las reglas de la lógica y la medicina han dejado de tener sentido. Hoy, la enfermera Krau juró haber visto sangre fluyendo desde los marcos de las puertas. No había heridos. No había fuente. Solo estaba… ahí. Goteando como si el sanatorio respirara.
Entrada #44 – 18 de octubre de 1973
Hoy Aradia habló. No con palabras, claro. Caminó descalza hasta la puerta acolchada de su celda y con la sangre de su brazo escribió lo siguiente:
“Los que escuchan la danza ya no pueden parar.”
Nadie la vio moverse. La sangre apareció de la nada. La revisamos, está intacta. Limpia. Pero la frase permanece. Quisimos limpiarla. La pared la volvió a escribir sola.
Entrada #46 – 20 de octubre de 1973
Tres pacientes desaparecieron esta madrugada. No hubo gritos. No hay rastro. Pero en el suelo de sus habitaciones hay huellas pequeñas de pies descalzos… y una estrella roja pintada justo al centro del pecho de cada colchón. Aradia solo sonríe. Nos mira con una calma que hiela.
Entrada #49 – 24 de octubre de 1973
Esta será mi última entrada.
Algo… se mueve en los pasillos, aun cuando no hay nadie. Oigo la voz de mi madre, muerta hace diez años. Anoche vi al celador Lentz reír con la mirada vacía antes de arrancarse los dientes con una cuchara.
Aradia bailaba en el comedor, sola, con su varita roja brillando como si aún estuviera viva.No sé si soy yo quien enloquece… o si todo lo demás ya está muerto.
Carta final del Dr. Elías Mortem – Sanatorio Daeva
Fecha: desconocida
Destinatario: Quien sea que encuentre esto
No sé cuánto tiempo ha pasado. El sol no entra más por las ventanas, y los relojes giran al revés. A veces me parece que escucho mi propia voz en bocas que no se mueven.
Aradia ya no está en su celda.
No rompió puertas. No forzó cerraduras. Simplemente… ya no está. Y sin embargo, cada rincón del sanatorio huele a hierro, a cabello quemado, a infancia corrompida.
La oigo. No con mis oídos, sino dentro de mi cabeza. Tararea. Siempre esa maldita melodía infantil.
Hoy la vi parada al final del pasillo del ala sur, donde nadie va desde el incendio. Me miró, con esa sonrisa que no pertenece a este mundo. En su mano, la varita roja brillaba, goteando algo espeso… no quiero pensar en qué era.
Intenté rezar. Las palabras me salieron al revés.
Intenté huir. La puerta de salida ya no lleva afuera. Lleva abajo.Si alguien encuentra esto: no busquen el Sanatorio Daeva. No sigan el canto. No entren si oyen los pasos.
Ella no está atrapada aquí. Nosotros lo estamos.
Aradia no era una paciente.
Era la invitación.
Yo…
yo ya bailo con ella.
—Dr. E. Mortem
Archivo de Investigación Paranormal – Caso DAEVA-119
Informe del investigador: Julián Vega
Fecha: 11 de marzo de 2021
Contexto:
Mi nombre es Julián Vega, investigador independiente de sucesos anómalos y desaparecidos. Tras recibir una carta anónima con un mapa y una sola palabra escrita a mano —“Aradia”— decidí buscar el antiguo Sanatorio Daeva, una instalación que, según todos los registros oficiales, nunca existió. Ningún plano, ninguna mención estatal, nada. Como si lo hubieran arrancado de la historia.
Entrada de campo – 11:22 a.m.
El bosque de Black Hollow me tragó como una boca viva. Las ramas parecían cerrarse detrás de mí. Después de más de dos horas caminando, lo vi:
El Sanatorio Daeva, cubierto de raíces, como si la tierra intentara tragarlo. Las ventanas estaban rotas, pero no desde afuera... sino desde adentro.
Entrada – 2:04 p.m.
El lugar no hace ruido. No cruje. No vibra. Respira.
En el despacho principal, encontré un diario y, sobre una silla vacía, una hoja arrancada con una carta escrita en tinta seca y ennegrecida. Decía ser del Dr. Elías Mortem.
Tras leerla, sentí un zumbido en mis oídos. Como una canción lejana, de esas que escuchabas en las cajas de música antiguas. Pero no había música aquí. Solo polvo y sangre seca.
La letra "A" está tallada decenas de veces en las paredes. A veces acompañada de símbolos arcanos que no reconozco, otras, sola… pero vibrante. Viva.
Entrada – 4:18 p.m.
Seguí los pasillos marcados con sangre seca, y las paredes comenzaron a susurrar mi nombre. Pensé que era sugestión, hasta que vi mi nombre escrito en una puerta acolchada.
Entré.
Dentro, una muñeca de trapo con el cabello rojo, vestida como en las fotos de los archivos filtrados. En su regazo, otra carta… firmada por mí.
Pero yo no la escribí.
Última entrada – transcripción automática incompleta:
...ella no está atrapada aquí… los que vienen la despiertan. La varita aún brilla. Me miró… me sonrió… no puedo... dejo esto para quien venga... no sigas el canto... no mires atrás si la escuchas...
ella ya está bailando… y ahora yo… también.
Desde esa fecha, Julián Vega desapareció. Su grabadora fue hallada entre hojas húmedas cerca de los cimientos del sanatorio. La policía local niega haber recibido evidencia alguna.
La cinta, sin embargo, contiene un último sonido:
Una melodía infantil, distorsionada… seguida de una carcajada aguda.
Y pasos descalzos.
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