La Danza de Nyxaria

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 Bailarina en un escenario elegante


En los antiguos días en que los teatros eran templos y el arte tenía el poder de convocar a los dioses, existía una ciudad escondida entre los pliegues del tiempo llamada Virelia. Allí, cada cien años, el Gran Teatro se abría para una única noche: la Noche del Velo, en la cual los mortales podían vislumbrar el alma de una deidad en forma humana, danzando entre luces y sombras.

Esa noche, el público esperaba en silencio, envuelto en terciopelo rojo y misterio. Las lámparas doradas temblaban con una brisa sin fuente. Y entonces, apareció ella: Nyxaria, la diosa del crepúsculo y las memorias olvidadas, encarnada como una joven bailarina de cabello lila y labios rojos como el vino de los sueños.

Vestida con un sencillo traje escarlata, Nyxaria danzó sobre el escenario con una gracia que curvaba el tiempo. Cada giro invocaba recuerdos perdidos del corazón de los espectadores: madres desaparecidas, amores jamás confesados, nombres olvidados por la historia. Su arte no era sólo belleza, sino conjuro. Al tercer paso de su arabesque, los candelabros brillaron con la luz de estrellas extintas.

Cuenta la leyenda que quien miraba fijamente su rostro durante la danza podía recordar una vida pasada... o perderse para siempre en ella.

Cuando la última nota murió en el aire, Nyxaria inclinó la cabeza y desapareció en un parpadeo de pétalos púrpuras. Nadie volvió a verla. Pero desde entonces, cada vez que un teatro se apaga y el silencio reina por un segundo más de lo natural, se dice que ella ensaya, entre los pliegues del telón y la eternidad.

Joven en balcón al anochecer

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