El Sendero de la Lluvia y la Sombra
En la torre de luces dormidas, danzaba,
una niña de rojo, con alma elevada,
sus brazos cortaban el cielo estrellado,
bajo un balcón que el silencio abrazaba.
Sus ojos almendrados, serenos, intensos,
miraban el mundo desde sueños densos.
Nada sabía de la noche que acecha,
ni del pantano que su destino estrecha.
La tormenta llegó como un susurro violento,
y la arrastró lejos, sin tiempo ni aliento.
El tul de su vestido, ya sucio y rasgado,
fue testigo de un bosque, salvaje y mojado.
El barro besó su cintura en la fuga,
hojas y espinas se enredaron sin culpa.
La luna lloraba sobre ramas vencidas,
y el viento tejía leyendas perdidas.
En la ciénaga, la espera se hizo eterna,
bajo estrellas ocultas por niebla materna.
Una figura surgió, sin rostro ni historia,
envuelta en un manto de sombras y gloria.
No portaba espada, ni odio, ni pena,
solo el silencio de la muerte serena.
Un viajero encapuchado, terrenal y etéreo,
que arrastraba los ecos de un mundo funéreo.
Ella no huyó, ni gritó en su hora,
pues entendió que el final no devora.
Solo transforma lo bello en leyenda,
y a la danza en un eco que el bosque encomienda.
Ahora, quien cruce el pantano en la bruma,
verá en la niebla la silueta de una,
con vestido celeste, mojado y brillante,
bailando con sombras… siempre adelante.
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